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Esta Fundación empieza con la apertura de un testamento. Por supuesto detrás del testamento hay una fortuna, y detrás de esta fortuna está el más importante negocio de Colombia hasta hace apenas un parpadeo de la historia: el café. Falta todavía el elemento fundamental, es decir, dos seres humanos con cualidades excepcionales y complementarias: un visionario, amante de las ciencias y con deseos de dejar un legado que fuera útil para su país, Alejandro Ángel Escobar, y su esposa, María Restrepo de Ángel, la mujer que dedicó los últimos 35 años de su vida a convertir en realidad el sueño de su marido. Esta feliz combinación del cristiano íntegro y con un hondo sentimiento de compasión humana, que asume un compromiso ético con su país –y que desea manifestarlo mediante obras tangibles-, y de una mujer ejecutiva y pragmática que lucha para que la idea de su marido se haga realidad, es lo que permite el nacimiento y la consolidación de una entidad como la Fundación Alejandro Ángel Escobar.

Gracias a la fortuna de su padre, y a su visión no provinciana, sino abierta al mundo, Alejandro Ángel hijo había podido formarse –algo insólito para la Colombia de principios del siglo XX– en un ambiente anglosajón (Estados Unidos e Inglaterra), donde pudo darse cuenta de la poderosa y benéfica labor cultural y educativa que desempeñan en esos países las fundaciones. El empresario antioqueño, al promediar su vida, recordó este ejemplo, no dudó que también para su país serían extraordinariamente benéficas las fundaciones y pensó en dedicar una parte de su fortuna a este propósito altruista.

A finales de la década del cuarenta Alejandro Ángel Escobar ya había concebido esta idea y, durante un viaje a Suecia, estuvo investigando con gran curiosidad el funcionamiento de la Fundación Nóbel. Al mismo tiempo se interesó mucho por la labor de la Fundación Rockefeller en Latinoamérica. Fue así como para principios de 1949, la idea ya estaba consolidada: A su muerte dejaría un legado para formar una fundación que apoyara –mediante la entrega de premios– tanto a los autores de descubrimientos o realizaciones científicas, por un lado, como a los inspiradores y ejecutores de obras insignes de caridad. El hecho de que el matrimonio Ángel-Restrepo no hubiera tenido hijos era un incentivo más para dejar parte de la fortuna a una institución que pudiera prolongar la memoria de la pareja.

Desde la muerte de Alejandro Ángel Escobar, ocurrida en 1953, doña María Restrepo de Ángel se dedicó a darle vida, a realizar en la práctica la idea y la disposición testamentaria de su marido. A principios de 1955 la institución sin ánimo de lucro ya había sido creada formalmente y en mayo de ese mismo año, al segundo aniversario de la muerte del fundador, fueron entregados los primeros premios.
El doctor Alejandro Ángel Escobar, en una intervención pública como Ministro de Agricultura.

El permanente entusiasmo de doña María, la generosa labor con que se dedicó a consolidar la idea de su marido, su relación de amistad personal con personajes claves de la vida colombiana, permitieron que, cuando ella falleció –35 años más tarde, en 1990– la Fundación ya estuviera consolidada y contara con un reconocido prestigio a nivel nacional.

El testamento de don Alejandro es un expediente que consta de 23 folios, fue otorgado en la Notaría Cuarta de Bogotá, el primero de abril de 1949, y protocolizado después de su muerte, el 8 de octubre de 1953, por el abogado Cayetano Betancur. La cláusula novena es la que da origen a la Fundación:

Con la cuarta parte restante de mis bienes formarán mis albaceas o a falta de ellos, mi heredera, una Fundación, domiciliada en Bogotá, para la cual conseguirán la respectiva personería jurídica, y se denominará Fundación Alejandro Ángel Escobar.

A renglón seguido el fundador especifica la manera en que, a partir de las rentas anuales de este legado, se otorgarán los estímulos monetarios a las personas que se destaquen en la investigación científica y en la asistencia social. Según el testamento, una porción de estas rentas se destinará a dos premios de carácter científico, bien sea una obra o un descubrimiento, que tengan "una aplicación inmediata y directa que redunde en provecho público." En el testamento se le da cierto privilegio a las innovaciones tecnológicas y a las investigaciones de carácter agropecuario (agricultura, ganadería, reforestación, erosión de los suelos), pero luego el abanico se abre a muchas otras disciplinas como la medicina, la química, la física, la meteorología, la mecánica y, en general, a todas las ciencias aplicadas. Otra porción de las rentas (originalmente el 30%), dice el testamento, será distribuido "en dos premios de igual valor en dinero y categoría, que se adjudicarán anualmente a obras insignes de caridad pública, como fundación de hospitales, asilos, sala-cunas, orfanatos, leprocomios, escuelas, centros de vacaciones para niños pobres, etc."


Presiden en la mesa de premiación del año 1987: El presidente Virgilio Barco; el alcalde de Bogotá, Julio César Sánchez; doña Carolina de Barco y doña María Restrepo de Ángel, directora de la Fundación.

Una idea muy clara dentro del pensamiento del fundador es considerar que el atraso de nuestro país no justifica de ninguna manera que se premien obras mediocres. En este sentido, un punto de gran importancia, y muchas veces citado, de la sección del testamento donde se crea la Fundación, son las palabras con que Alejandro Ángel Escobar hacía algunas recomendaciones especiales a los Jurados de ciencias:

Los premios han de asignarse por trabajos realmente meritorios, que merezcan la nota de excelentes, si no en absoluto, al menos dentro de la relatividad cultural del país. No es mi deseo que se premie al menos malo, sino al muy bueno. Por tanto, los Jurados pueden declarar desierto el concurso en uno o más años sucesivos.

Esta recomendación se ha respetado a la letra y en varias ocasiones los jurados han resuelto que ninguno de los trabajos presentados llenaba las expectativas de la Fundación. En estos decenios durante los cuales la Fundación Alejandro Ángel Escobar ha venido funcionando, ha sido necesario, de todas maneras, ajustar algunas de las especificaciones concretas de las cláusulas testamentarias. Desde muy pronto doña María y sus asesores vieron que no era posible, por ejemplo, respetar a la letra los porcentajes de capitalización y de rentas destinadas a los premios, pues esto hubiera conducido a la disolución de la Fundación por falta de fondos. Más que un porcentaje fijo del legado del fundador, se ha optado por un esquema más flexible, que se acomode a los vaivenes de nuestra economía, y que permita dedicar una parte de los recursos a la capitalización de la Fundación, y dividir otra parte entre los premios, 50% para ciencias y 50% para obras de beneficio social.

A partir de la idea inicial, también, la Fundación ha venido desarrollándose y en cierto sentido adaptándose a los nuevos tiempos. Ejemplo de esto es el hecho de haber cambiado el nombre de los galardones de Beneficencia por el de Premios de Solidaridad, y el de haber abierto una nueva modalidad de premio, el de Medio Ambiente, que sin duda obedece a preocupaciones que se han vuelto más acuciantes en los últimos años, pero que responden perfectamente al espíritu y a las intenciones últimas del fundador, un verdadero ecologista, que en cierto sentido se anticipó a su tiempo en lo que tiene que ver con la importancia de preservar el medio ambiente. En la actualidad la Fundación Alejandro Ángel Escobar otorga tres galardones en el área de las Ciencias, repartidos así:

- Un premio en ciencias exactas físicas y naturales
- Un premio en ciencias sociales y humanas
- Un premio al medio ambiente y desarrollo sostenible

Al mismo tiempo, se siguen otorgando dos premios de Solidaridad, que se conceden a entidades que realicen obras o servicios para promover educación, salud, vivienda, trabajo, alimentación o recreación a sectores de la población colombiana privados de recursos.

Desde 1990, a la cabeza de la Fundación ha estado Camila Botero Restrepo. La nueva directora, quien es abogada, se vinculó a la Fundación a finales de los años setenta, trabajando inicialmente de manera informal al lado de doña María, y luego como integrante de la Junta Directiva. Su formación académica le ha impuesto un sello y una dinámica distintas, más acorde con los nuevos tiempos, y fuera de la tradición de otorgar premios, con su gestión se han emprendido otro tipo de actividades académicas como la realización de importantes seminarios internacionales y el comienzo de una colección editorial en la que se han publicado trabajos de investigación en ciencias humanas y aplicadas. Al lado de la directora, hasta el 2005, estuvo Sonia Cárdenas Salazar, como Secretaria General, quien ejecutó la gestión práctica y la realización eficaz de lo trazado por la dirección y por la Junta Directiva.

La Fundación ha logrado conservar su vigencia, y ha entrado a formar parte del patrimonio cultural del país, gracias a que ha respetado la visionaria idea de su fundador, y gracias al entusiasmo e impulso generoso que le dio su viuda durante los primeros decenios de funcionamiento. El respeto a esa idea original y el entusiasmo por la labor cultural de la Fundación siguen hoy tan vivas como en 1955.

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