Discurso

Teatro Tespys Corporación Cultural

Ganador Solidaridad - 2019

Palabras de Kamber, fundador-director de Teatro Tespys Corporación Cultural, ganadora del Premio de Solidaridad, en la ceremonia de entrega de galardones, Bogotá, D.C., 16 de octubre de 2019.

RESISTENCIA JOVIAL
 
Teníamos toda la alegre rebeldía de la primera juventud a flor de piel; ese ímpetu se revistió de búsquedas en las formas del arte y en discursos libertarios. Territorios aptos para el grito o la espada. Soñábamos, fabulábamos para combatir la realidad, donde no había lugar para impetuosos. Eran los años ochenta. Visos de ruptura de la rancia tradición, la excluyente, la mohosa, la cómoda, la sumisa. Queríamos alterar todo y el teatro era ese lugar posible para lograrlo, ser otro, narrarnos de otra manera. Ahí en esa fiebre de subvertir la cotidianidad, emergió Teatro Tespys en El Carmen de Viboral entre 1987 y 1988. Años convulsos en el país y en la pequeña comarca. Queríamos poner en cuestión la familia, la escuela, la religión, la fábrica, el sistema, la sociedad, lo establecido, esos ropajes nos apretaban la piel, no encajábamos allí; jubilosa adolescencia que incomoda a todo el mundo y que empuja a buscar alternativas para estar donde no se puede estar. Nos dejamos raptar por el teatro, que nos sedujo con su escenario apto para gritarle al mundo nuestras inconformidades, desdichas y utopías. El grupo se conforma con cómplices de andanzas de colegio, de manera intuitiva pero colmada de efervescencia y energía escribimos y montamos tres obras de teatro de manera simultánea en ese primer envión de grupo, libres de decir en la escena lo que no podíamos decir en la calle, inocentes panfletos con los que hacíamos catarsis. Las puestas en escena fueron: Sin voz, Un muerto es un negocio y De carne y hueso. Ya el pueblo sabía que un nuevo grupo teatral se unía a esa renovación del movimiento artístico que en los años ochenta empezó a hacer mella en la cultura local anquilosada; con entusiasmo nos unimos a esas iniciativas que se estaban haciendo sentir.
 
En cinco años de hacer teatro a como dé lugar y de persistir a pesar de las voces que reprimen, logramos –a pulso- crear una escuelita de teatro, ir con nuestra carreta por veredas y pueblos cercanos, dar forma a un festival de teatro que, como lo imaginamos, permanecería en el tiempo a contracorriente del monopolio de la cultura de masas en la que todo es idéntico; peleando por salvar el detalle emancipado y la singularidad de lo pequeño. En ese primer lustro montamos las historias que urgíamos contar desde el escenario: sobre el poder, la insumisión, el caos cultural, la alienación, la libertad, el orden y la rebeldía como acto poético. Obras como Sonidos, Amerrikua Libre, Lágrimas de Cerveza, Fantasmas Tristes, Cadena Perpetua, daban cuenta de esos temas con estéticas arriesgadas y empíricas. El grito como prioridad.  
 
Ya estábamos inmersos en el terror de los años noventa, al aturdimiento real de los cañones lo conjurábamos con la algarabía y el color de los personajes imaginarios, como una pluma de colibrí tratando de atajar un vendaval. Sabíamos que teníamos que seguir, ser constantes en la revuelta creativa, austera y alegre; no congelarnos a pesar de los amigos yertos. 

Fuimos decantando nuestro quehacer teatral con todo lo vivido, lo sobrevivido, el trueque de saberes como experiencia para nutrir lo creativo; a El Carmen de Viboral llegaron teatreros de varias latitudes que nos mostraron caminos. Sendas que recorrimos a nuestra manera. También visitamos autores universales. Desde Shakespeare, Marlowe, Ben Jonson, Strindberg, Pessoa, Baudelaire, Sanchis, Críspulo Torres, Díaz, Niño, Arcila, Viviescas, Arango Villegas y hasta Patricio Estrella, hemos explorado con vehemencia y gozo, sin perder de vista el grito y el puño que nos impulsan por dentro.
 
Nos juntamos para resistir en coro. Atizamos redes teatrales. Nos movilizamos con pares. Estamos siempre ahí, activos en la movida cultural local, azuzando, contagiando y solidarizando desde nuestra fragilidad y convicción teatral.
 
Nos adherimos a causas comunes aprendiendo de la inagotable solidaridad de los niños, nos vinculamos con intereses colectivos, convencidos del “in solidum” como origen de la solidaridad, una manera de hacernos sólidos con el otro, la otra, los otros, las otras, el entorno, la naturaleza, el universo. Consolidándonos a la luz de la confraternidad.
 
Viajamos, como nuestro mentor Tespys de Icaria, a bordo de nuestro carromato por aldeas, ciudades y parajes rurales, contando historias, haciendo teatro con beligerancia para no reproducir mecánicamente lo bello.
 
Hoy seguimos dando forma a nuestro convencimiento de que se puede hacer revolución desde lo chiquito y de que la terquedad es un abono que ha permitido brotar semillas en estos treinta y un años de resistencia jovial.

Kamber
[fundador-director de Teatro Tespys Corporación Cultural, ganadora del Premio de Solidaridad]