




En 1996, la Fundación Alejandro Ángel Escobar premió una investigación sobre palmas americanas. Tres décadas después, ese reconocimiento existe hoy como un bosque vivo de 8,8 hectáreas en el Quindío: 132 especies de palmas, 173 de aves y una historia que demuestra que premiar la ciencia es una de las formas más efectivas de conservar la vida.
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